La erótica del poder

Se vuelve a hablar de Dominique Strauss-Khan (DSK) y como siempre es por algo relacionado con un escándalo sexual.

Anteriormente supimos de una supuesta violación a una empleada de hotel. DSK primero dijo que había ocurrido un encuentro sexual pacífico, pero que era una falta moral y un error de juicio, después habló de una conspiración, trató de usar la inmunidad diplomática, amenazó con denunciar a la empleada y, finalmente, acabó pagando 800.000 euros para evitar ir a juicio.

Cada uno es libre de pensar lo que quiera, pero para mí la cosa está bastante clara. Lo que más me indigna es que DSK nos quisiera vender la historia de que la empleada del hotel lo había encontrado atractivo y por eso habían tenido relaciones sexuales.

Huelo a viejo y eso les pone

 

Ahora le acusan de proxenetismo, por organizar fiestas junto a sus amigos en las que había prostitutas. La línea que separa el proxenetismo y “contratar siempre a las mismas putas” es muy fina y es posible que se libre de ésta, sin embargo su línea de defensa no pasa (por el momento) por reconocer la situación. DSK asegura que no sabía que eran prostitutas y que él sólo es un “libertino”.

Este tipo de argumentos funciona bien en Europa. El argumento parece ser el siguiente:

  • En Europa no somos unos puritanos como en Estados Unidos. Cada uno es libre de llevar la vida sexual que quiera, incluso aunque sea (o haya sido) candidato a la presidencia.

Este argumento funciona porque nadie quiere parecer un mojigato y encima pone a Europa a un nivel de sofisticación superior al americano. Funciona tan bien que mucha gente olvida que eso no es el problema real. Veamos cuales son los problemas reales.

  • DSK está continuamente al borde del chantaje.
  • De haber llegado a presidente, esos chantajes los pagarían los ciudadanos (ver más abajo).
  • Su falta de control no parece un buen rasgo de caracter para un futuro presidente. ¿Es fiable en una reunión internacional si le camelan con mujeres?

Por no decir que el argumento de “no sabía que eran prostitutas” añade dos problemas nuevos:

  • DSK no sabe en qué mundo vive ni distingue profesionales de amateurs.
  • DSK sigue pensando que es un adonis.

A mí personalmente, lo que haga DSK en su tiempo libre me parece bien siempre que no sea un delito, pero las cosas que hace alguien que ha sido (y quizás siguiese teniendo intención de volver a ser) candidato a la presidencia deben estar sujetas a otro tipo de escrutinio, ya que revelan datos importantes para los votantes.

Berlusconi

Antes de DSK, Berlusconi ya trató de jugar la carta del libertino. Cuando se supo de las velinas, su mansión de Villa Certosa y sus orgías, Berlusconi jugó con su imagen de Alfredo Landa de la política. Haciendo chistes, gestos y, en resumen, insinuando que el era un macho y tenía la obligación moral de follarse a todo lo que pasaba (o, mejor dicho, le ponian delante).

¡Una sueca! Vamos allá Silvio, tú puedes

De nuevo se habló de que el pobre Berlusconi también tenía derecho a su vida privada, y que en Europa del sur estamos hechos de otra pasta. Se intentaba así no hacernos pensar en lo importante: los chantajes a los que estaba sometido Berlusconi por tener sexo con menores, redes de prostitución, cocaina y otras cosas. La mayoría de esos casos se taparon con dinero.

Juan Carlos I

El rey, a su manera (campechana), también entra en esta lista. Sus amoríos son conocidos por los periodistas y, algo menos, por la ciudadanía. El rey ha sido chantejeado (que se sepa) en varias ocasiones. Una tal Olghina (con la que tuvo relaciones de joven) por una hija que al parecer es del rey (algo que en España apenas es conocido) y por Barbara Rey, que grabó varias conversaciones, entre las cuales parece que habló de temas delicados (el GAL entre ellos). Es difícil saber las cantidades pagadas en cada caso (en el caso de Barbara Rey se habla de 4 millones de dólares), pero no es difícil averiguar el origen de esos pagos: los fondos reservados. En otras palabras, tu y yo.

En resumen, por mí que sean todo lo libertinos que quieran o puedan (yo puedo menos de lo que querría); pero para ser presidente, primer ministro o rey, hay que pensárselo un poco más antes de sacar la chorra.

 

Me llena de orgullo y satisfacción despedir este artículo

 

¿Dónde están los números?

Acabo de leer un ensayo en el que su autor rememora los tiempos anteriores a la televisión, cuando la radio de la casa era casi la única fuente de información y entretenimiento. El ensayo describe al propio autor cuando era niño girando el sintonizador mientras el dial se movía por las diferentes frecuencias y cómo, para él, cada estación estaba asociada a un número de kilociclos determinado. En ese momento caí en la cuenta de algo.

¿Dónde están los números?

Evidentemente, los números siguen ahí, en el platónico mundo de las ideas (al menos para aquellos que crean en el platonismo matemático); pero lo cierto es que, en un mundo cada vez más tecnológico, los números parecen tener cada vez menos presencia en nuestras vidas. La razón, me parece a mí, es que entre nosotros y la realidad (describible con números) se nos ha colado un filtro. Un filtro de mercadotecnia. Vamos a ver unos ejemplos para que se entienda lo que quiero decir.

La radio sigue existiendo, pero ya no es necesario saberse número alguno. Pulsamos un botón y el sintonizador automático nos va mostrando nombres: “Radio Nacional”, “La SER”, “La COPE”. Podemos asociar estas cadenas a botones numerados de sintonización rápida, pero estos números no representan nada real, son sólo mnemotécnicos. En la actualidad no es necesario saber nada sobre frecuencias para escuchar la radio.

Lo mismo ocurre en la televisión. Tenemos mandos a distancia con botones numerados y los expertos en mercadotécnia escogen los nombres de las cadenas para simplificar nuestra “elección”. Pero no existe correspondencia alguna entre esos números y la frecuencia a la que las emisoras emiten.

De forma similar, hace no muchos años, cuando Internet daba sus primeros pasos (me gusta usar metáforas ridículas, como hacen los periodistas), era necesario saberse o apuntar las direcciones IP. En lugar de Google decíamos 173.194.73.147, que son los números que realmente usa Internet para manejar los paquetes de información. Por supuesto, en los tiempos de los que hablo aún no existía Google (ni la web, ya que estamos).

Reconozco que en todos estos ejemplos, la razón del cambio es compresible. Los números son, generalmente, más difíciles de recordar, especialmente, cuando hay muchas cadenas o direcciones. Además, son dependientes del medio usado para la transmisión. Telecinco sigue siendo Telecinco, no importa si la vemos en la televisión tradicional, TDT, cable o Internet. Sin embargo, no deja de ser cierto que cada vez estamos expuestos a menos números.

Por eso voy a dibujar un siete

Entran los “expertos” en mercadotecnia

Hay casos, sin embargo, en los que la cosa está tan clara.

Cuando llegué a Estados Unidos, muchas cafeterías ofrecían tres tamaños de café medidos en onzas. Muchas veces, al lado de las onzas se indicaba que se trataba de pequeño, mediano, o grande; pero la medida estaba ahí. Starbucks, sin embargo, llama a sus medidas tallgrandeventi. Yo pensaba que parte de la razón era para no confundir medium, como tamaño del café, de medium roast (tipo de café, algo que también hay que elegir); pero parece que la única razón es pura y desagradable mercadotécnia. Los signos son claros, palabras exóticas (“grande” es exótico en inglés) y que tratan de exagerar las virtudes del producto: “tall” es ahora el café más pequeño.

Pero lo peor es que esa denominación se está extendiendo a otras cafeterías que no son Starbucks. Donde antes teníamos la precisión de las onzas (aunque desconozco lo que es una onza), ahora vemos el tamaño de los cafés desvirtuado por el filtro de la mercadotécnia.

Otro ejemplo claro son los coches. Hace años, los coches se conocían por su número de modelo: Seat 600, Peugeot 504, Renault 8. Es cierto que esos números no siempre tenían un significado claro, en el mejor de los casos eran más o menos consecutivos, indicando el orden en el que se iban diseñando, en el peor de los casos, eran simples etiquetas.

Ahora los modelos de coches tienen nombres pretenciosos. No voy a poner ningún ejemplo real porque no los recuerdo, pero seguro que todos sabéis a qué me refiero: Mitshubishi Cilantro, Seat Alcarria o Ford Almena. De nuevo, pasamos de los fríos números a las etiquetas que evocan un falso exotismo.

Tengo la impresión de que hay muchos más ejemplos, pero no se me ocurren más.  ¿Alguna idea?