Bueno, bonito, barato y abundante

Tendemos a asociar la calidad con el precio, el precio con la escasez y, por la propiedad transitiva, la calidad con la escasez.

Hay razones poderosas para que lo escaso sea caro. Pero no tan poderosas para que lo escaso sea bueno. Por ejemplo, no hay ninguna razón para pensar, a priori, que la manzana golden sea mejor o peor para la salud que cierto fruto obtenido de lo más profundo de la selva amazónica; sin embargo, nuestras mentes tienen tendencia a establecer esa relación.

Veamos algunos ejemplos.

Vino: Lo caro sale rico.

En pocos ámbitos la cosa está tan clara: Hay vinos malos, buenos y excelentes. Los primeros los encontramos en tetrabricks en el supermercado, los últimos sólo son accesibles al famoso 1%. El resto podemos darnos un gustazo de cuando en cuando y probar algún vino “decente”.

Cada vez más gente entiende de vinos y, por supuesto, los expertos son capaces de catar un vino y escribir un libro sobre su bucquet o su retrogusto.

O al menos eso es lo que se supone. La realidad, sin embargo, es que no hay muchas pruebas de ninguna de esas cosas. Vamos a empezar con el juicio de París.

En 1976 se organizó una cata a ciegas para ver qué vinos eran mejores, si los franceses (los favoritos con diferencia) o los americanos. El jurado lo componían once expertos en vino, nueve de los cuales eran franceses. El sorprendente resultado fue que entre los diez mejores vinos, seis resultaron ser americanos. Entre ellos, el que logró la mejor calificación.

Sacrebleu!

Lo importante aquí no es si los vinos americanos o franceses son mejores, sino que hasta ese momento se daba por hecho que la diferencia entre ellos era abismal y que un vino americano no era apropiado ni para tomar un sorbo y escupirlo. La opinión de los expertos no coincidía con su propia apreciación en condiciones controladas.

Veamos otro ejemplo. En 2001 Frédéric Brochet realizó otro estudio. En un experimento pidió a 56 expertos que evaluaran la calidad de un vino blanco que había sido teñido de rojo. Los expertos describieron el vino con las palabras normalmente utilizadas para definir el vino tino. Ninguno de ellos se dio cuenta del engaño.

En otro experimento cogió un vino de Burdeos normal y lo vertió en dos botellas distintas. Una de un Burdeos caro y la otra de un vino de mesa barato. Los expertos se deshicieron en elogios del vino en la botella cara mientras que el mismo vino proveniente de la botella barata resultó ser “débil, plano, ligero y fallido”.

Evidentemente, las cosas no mejoran si en lugar de expertos hablamos de gente normal. Otro estudio demostró que el ciudadano de a pie es incapaz de distinguir entre un vino de 4 € y otro de 19 € (entre otras pruebas).

El reciente campeón del mundo de sumilliers fue incapaz de acertar ningún vino en la prueba de cata a ciegas. El artículo de El Mundo destaca (las negritas son mías):

En la final Basso brilló en las pruebas de servicio del vino y de identificación de destilados, pero no así en la de vinos. Ni él ni los demás finalistas. Está claro que la cata a ciegas no es un elemento decisivo en estos campeonatos…

Hay muchos otros ejemplos similares. El resultado es siempre el mismo: la calidad de un vino parece un valor bastante difícil de medir, incluso para los expertos. Los estudios muestran que tendemos a apreciar mejor los vinos que creemos caros, aunque nos hayan cambiado el contenido de la botella subrepticiamente.

Violines

Todo el mundo lo sabe: los mejores violines del mundo son los Stradivarius, construidos por Antonio Stradivarii entre los siglos 17 y 18. Su sonido, dicen, es superior a cualquier otro violín presente o pasado. Por esa razón, los grandes violinistas suelen usarlos, generalmente en préstamo por alguna institución.

Sin embargo, de nuevo, la realidad se opone a esa creencia. Las pruebas realizadas (y se han hecho pruebas desde el siglo 19) demuestran que, en condiciones controladas, los expertos en la audiencia son incapaces de distinguir un Stradivarius de un violín nuevo.

No sólo eso. El propio violinista es incapaz de distinguirlos si se le ponen gafas oscuras y se usan perfumes para ocultar cualquier pista olfativa. De hecho, las pruebas parecen demostrar que, aunque son incapaces de distinguir unos de otros, cuando les preguntan cuál suena mejor tienden a elegir los nuevos.

De nuevo, tendemos a relacionar lo escaso (el número de Stradivarius es reducido y no va a aumentar) con la calidad. Nuestra intuición nos dice que un violín nuevo, del que podemos hacer tantos como queramos, no puede ser mejor.

Conclusión

Hay un episodio de Seinfeld en el que hablan de los melocotones de Mackinaw, que supuestamente sólo pueden comerse las dos semanas al año en las que están maduros y que son deliciosos. Se trata de una invención de los guionistas, pero eso no impide que en Internet haya gente preguntándo dónde se pueden comprar. La idea de que los mejores melocotones sólo sean accesibles por poco tiempo encaja muy bien con nuestras ideas preconcebidas.

¡Pruebalo Jerry, pruebalo!

Pero no existe (necesariamente) una relación entre calidad y escasez o entre calidad y precio, por mucho que nuestra intuición nos diga que sí.

 

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