El pueblo contra González

Por alguna razón, en lo relacionado con los coches me suelo encontrar inmerso en situaciones kafkianas.

Recuerdo una conversación telefónica con tráfico sobre un coche que se me había llevado la grúa y que bordeó el surrealismo (la conversación, no la grúa). En otra ocasión tuve que ir desde Santander a Oviedo a decirles que en la foto de la multa que me habían puesto no salía mi coche sino otro de diferente modelo, marca, color y matrícula (si pensáis que fue cosa fácil os equivocáis). Y por supuesto, también están los líos que tuve el año pasado por culpa de no hacer bien la transferencia de mi coche en su momento (debido a que la hice el día que me iba de España). Todas estas historias están salpicadas de personajes extraños, burócratas con estulta determinación y sorprendentes giros argumentales.

Hasta aquí la versión española. Hoy voy a hablaros del remake americano.

Antes de nada los antecedentes. En Estados Unidos, como es bien sabido, cada estado tiene amplia capacidad legislativa. Las leyes de tráfico, entre otras, cambian cuando uno cruza la, generalmente invisible, frontera entre ellos. Por ejemplo, en Nueva York, puedo conducir todo el tiempo que quiera con el carnet español, cosa que no ocurre en ninguno de los estados que me rodean. Por esa razón, me decidí a sacar el carnet de conducir de aquí.

Como detalle curioso, en el intervalo desde que superé el examen teórico y hasta que pasé el práctico, no podía conducir si no iba alguien con carnet a mi lado. Es decir, una vez que les demostré que, al menos, conocía la parte teórica, perdí privilegios. Afortunadamente, en mi caso ese intervalo fue de sólo una semana.

Una vez pasado el examen práctico me dijeron que me mandarían el carnet a casa en el plazo de 9 días. Al cabo de dos semanas aún no había recibido nada, así que me pase por tráfico que, por suerte, está a cinco minutos andando desde mi casa. Allí me dijeron que les salía que tenía una multa en otro estado, pero que seguro que era un error y se encargarían de arreglarlo. Tras pedirme con amabilidad que rellenara un impreso me aseguraron que recibiría el nuevo carnet en breve.

Pasaron tres semanas sin que me llegara nada, así que volví a la oficina de tráfico. Esta vez hubo menos amabilidad y más incompetencia.

Y mucho más de esto

La de la ventanilla me dijo que esperara, que tenía que preguntar a la encargada. Durante media hora las vi entrar y salir de despachos, hacer llamadas e imprimir cosas. Mientras tanto yo me entretenía mirando a la gente de las colas y haciendo matemáticas en los bordes de un panfleto sobre donación de órganos. Al fin me llamaron para decirme que tenía un cargo pendiente en California por conducir borracho. Aunque les aseguré que nunca había estado en California y que jamás me habían pillado conduciendo borracho (no me gusta mentir), me explicaron que tenía que solucionar esos cargos antes de que me diesen el carnet. Evidentemente no me estaban creyendo.

Les dije que no me parecía normal que tuviese que ser yo quién demostrase mi inocencia. Pensé en decirles que la última vez que no fui a California olvidé comprar un recuerdo de no haber estado allí, pero me callé. Me dieron dos números de teléfono, uno en Álbany (capital del estado) y otro en California para que los llamase y solucionase el tema.

En California me dijeron que no podían decirme nada si no les daba el número de referencia; pero que seguramente era un caso de confusión de indentidad. En Álbany el contestador me dijo que todas las líneas estaban ocupadas y que no me molestase en esperar. Así que ál día siguiente volví a tráfico a pedir un número de referencia.

Otra espera de media hora, más llamadas, más movimiento entre despachos y más hojas impresas.

En esta ocasión me explicaron que no tenían un número de referencia ya que al no tener carnet aún, no estaba en la base de datos. De todas formas, me dijeron que me llamarían al día siguiente cuando encontrasen una solución, cosa que hicieron. Me dieron el número de carnet de la persona a la que habían pillado borracha en California.

Con este número llamé a California de nuevo. Expliqué la situación al telefonista y éste me dijo que ese número correspondía a un tal José Jesús Olvera González que había nacido el mismo día y el mismo año que yo.

Me sorprendieron dos cosas. La primera la facilidad con la que me dio el nombre del pavo (¿no sé supone que esa información es privada?), la segunda lo poco que se parecía su nombre al mío. ¿Cuántos José González habrá en Estados Unidos que hayan nacido el mismo día que yo?

También me aseguraron que me enviarían una carta explicando que ese número corresponde a otra persona, y que con esa carta puedo ir de nuevo a tráfico. Espero que eso sea el fin del problema, aunque no soy optimista.

Como os imaginaréis, mientras hablaba con el de California estaba a la vez buscando a mi sosias en Internet. Lo primero que encontré fue lo siguiente:

People v. Gonzalez (8/16/2005)

On June 14, 2004, the Riverside County District Attorney filed an amended information, which charged Jose Jesus Olvera Gonzalez (defendant) with the following: Count 1, murder (Pen. Code, § 187, subd. (a)); count 2, gross vehicular manslaughter while intoxicated with two prior convictions for driving under the influence (Pen. Code, § 191.5, subd. (d)); count 3, driving under the influence and causing death or bodily injury to another person (Veh. Code, § 23153, subd. (a); Pen. Code, § 12022.7, subd. (a))…

Los cargos siguen unas cuantas líneas más. Finalmente la sentencia dice:

On July 28, 2004, defendant was committed to state prison for 19 years to life, consisting of a determinate term of four years for count 5 and a consecutive term of 15 years to life for count 1, and he was awarded the appropriate custody credits.

Es decir, me estaban confundiendo con una persona que sólo se parece a mí en el que puede ser el nombre más común en este continente (y el día de nacimiento) que además está en la carcel cumpliendo cadena perpetua.

Siguiendo con la búsqueda encontré algo escrito por puño y tecla de mi doble en un panfleto religioso con testimonios de presos:

Mi nombre es José Jesús Olvera González, de origen Mexicano, estoy en la prisión de Solano, en la ciudad de Vacaville, California. Estoy purgando una condena de 19 años a vida, esta condena empezó el 26 de mayo del 2003 por un accidente automovilístico que ocasione por andar borracho. Pero gracias le doy a Dios de estar con vida, para pedirle perdón por todos mis errores y arrepentirme ante los pies de nuestro Salvador Cristo Jesús y así poder gozar de su amor que mora en nosotros, por la misericordia de nuestro Dios. La honra y la gloria es para El, porque Dios es la gloria amen. Gracias a Dios Hermanos gracias por su hermosa amistad y gracias por tenernos en sus oraciones a todos nosotros los presos, aquí en las prisiones y a los presos en las calles. Los felicitó por su amor. Dios y padre de nuestro Señor Jesucristo los bendiga mucho proporcionando las Buenas Nuevas a todos los presos. No olviden que Dios padre, Dios hijo Dios Espíritu Santo siempre los acompañan por el mundo. (Mateo 28:19-20).

José González
State Prisión Vacaville
Vacaville, California

Si mi historia es Kafkiana, mi doble parece ser el protagonista de una canción de Los Chichos. En su testimonio parece olvidar que en el “accidente automovilístico que ocasionó” murió una persona y da gracias a Jesús por su amor y misericordia. Al parecer Jesús no tuvo la misma misericordia con el que murió en el accidente (y en mucha menor medida con migo y mis problemas burocráticos). Se ve que a nosotros, dios trino no nos acompaña por el mundo.

Supongo que este José González también es el culpable de que en los aeropuertos siempre me hagan pasar una inspección secundaria que dura más de una hora y de aquella vez en la frontera de Canadá en la que me vi rodeado por ocho policías con la mano en la pistolera y que tras cachearme me tuvieron detenido por unos minutos. En esos casos, la respuesta que recibo es siempre: “Su nombre se parece al de un criminal”.

Yo no nececesito pedir misericordia a ninguna deidad. La responsabilidad de mis actos es mía y apechugo con las consecuencias (¿es posible apechugar otras cosas?). Lo que no entiendo es que además tenga que cargar con el pecado original de llamarme José González. No entiendo que en la práctica uno tenga que demostrar su inociencia  continuamente. No entiendo que Homeland Security maneje un enorme presupuesto (¡de mis impuestos! como dicen por aquí) y no sea capaz de actualizar una base de datos. No entiendo cómo el no tener una identificación nacional y tener una gran independencia entre estados se refleja en pérdida de libertad en lugar de en todo lo contrario.

Mientras tanto, espero no veolver a tener más problemas con tráfico. Temo lo peor.

 

 

Bueno, bonito, barato y abundante

Tendemos a asociar la calidad con el precio, el precio con la escasez y, por la propiedad transitiva, la calidad con la escasez.

Hay razones poderosas para que lo escaso sea caro. Pero no tan poderosas para que lo escaso sea bueno. Por ejemplo, no hay ninguna razón para pensar, a priori, que la manzana golden sea mejor o peor para la salud que cierto fruto obtenido de lo más profundo de la selva amazónica; sin embargo, nuestras mentes tienen tendencia a establecer esa relación.

Veamos algunos ejemplos.

Vino: Lo caro sale rico.

En pocos ámbitos la cosa está tan clara: Hay vinos malos, buenos y excelentes. Los primeros los encontramos en tetrabricks en el supermercado, los últimos sólo son accesibles al famoso 1%. El resto podemos darnos un gustazo de cuando en cuando y probar algún vino “decente”.

Cada vez más gente entiende de vinos y, por supuesto, los expertos son capaces de catar un vino y escribir un libro sobre su bucquet o su retrogusto.

O al menos eso es lo que se supone. La realidad, sin embargo, es que no hay muchas pruebas de ninguna de esas cosas. Vamos a empezar con el juicio de París.

En 1976 se organizó una cata a ciegas para ver qué vinos eran mejores, si los franceses (los favoritos con diferencia) o los americanos. El jurado lo componían once expertos en vino, nueve de los cuales eran franceses. El sorprendente resultado fue que entre los diez mejores vinos, seis resultaron ser americanos. Entre ellos, el que logró la mejor calificación.

Sacrebleu!

Lo importante aquí no es si los vinos americanos o franceses son mejores, sino que hasta ese momento se daba por hecho que la diferencia entre ellos era abismal y que un vino americano no era apropiado ni para tomar un sorbo y escupirlo. La opinión de los expertos no coincidía con su propia apreciación en condiciones controladas.

Veamos otro ejemplo. En 2001 Frédéric Brochet realizó otro estudio. En un experimento pidió a 56 expertos que evaluaran la calidad de un vino blanco que había sido teñido de rojo. Los expertos describieron el vino con las palabras normalmente utilizadas para definir el vino tino. Ninguno de ellos se dio cuenta del engaño.

En otro experimento cogió un vino de Burdeos normal y lo vertió en dos botellas distintas. Una de un Burdeos caro y la otra de un vino de mesa barato. Los expertos se deshicieron en elogios del vino en la botella cara mientras que el mismo vino proveniente de la botella barata resultó ser “débil, plano, ligero y fallido”.

Evidentemente, las cosas no mejoran si en lugar de expertos hablamos de gente normal. Otro estudio demostró que el ciudadano de a pie es incapaz de distinguir entre un vino de 4 € y otro de 19 € (entre otras pruebas).

El reciente campeón del mundo de sumilliers fue incapaz de acertar ningún vino en la prueba de cata a ciegas. El artículo de El Mundo destaca (las negritas son mías):

En la final Basso brilló en las pruebas de servicio del vino y de identificación de destilados, pero no así en la de vinos. Ni él ni los demás finalistas. Está claro que la cata a ciegas no es un elemento decisivo en estos campeonatos…

Hay muchos otros ejemplos similares. El resultado es siempre el mismo: la calidad de un vino parece un valor bastante difícil de medir, incluso para los expertos. Los estudios muestran que tendemos a apreciar mejor los vinos que creemos caros, aunque nos hayan cambiado el contenido de la botella subrepticiamente.

Violines

Todo el mundo lo sabe: los mejores violines del mundo son los Stradivarius, construidos por Antonio Stradivarii entre los siglos 17 y 18. Su sonido, dicen, es superior a cualquier otro violín presente o pasado. Por esa razón, los grandes violinistas suelen usarlos, generalmente en préstamo por alguna institución.

Sin embargo, de nuevo, la realidad se opone a esa creencia. Las pruebas realizadas (y se han hecho pruebas desde el siglo 19) demuestran que, en condiciones controladas, los expertos en la audiencia son incapaces de distinguir un Stradivarius de un violín nuevo.

No sólo eso. El propio violinista es incapaz de distinguirlos si se le ponen gafas oscuras y se usan perfumes para ocultar cualquier pista olfativa. De hecho, las pruebas parecen demostrar que, aunque son incapaces de distinguir unos de otros, cuando les preguntan cuál suena mejor tienden a elegir los nuevos.

De nuevo, tendemos a relacionar lo escaso (el número de Stradivarius es reducido y no va a aumentar) con la calidad. Nuestra intuición nos dice que un violín nuevo, del que podemos hacer tantos como queramos, no puede ser mejor.

Conclusión

Hay un episodio de Seinfeld en el que hablan de los melocotones de Mackinaw, que supuestamente sólo pueden comerse las dos semanas al año en las que están maduros y que son deliciosos. Se trata de una invención de los guionistas, pero eso no impide que en Internet haya gente preguntándo dónde se pueden comprar. La idea de que los mejores melocotones sólo sean accesibles por poco tiempo encaja muy bien con nuestras ideas preconcebidas.

¡Pruebalo Jerry, pruebalo!

Pero no existe (necesariamente) una relación entre calidad y escasez o entre calidad y precio, por mucho que nuestra intuición nos diga que sí.